Let’s go!

Me acuerdo perfectamente del primer proyecto que tejí, de la lana que utilicé y del lugar donde estaba… Había aprendido a tejer muchos años antes, supongo que durante alguno de los veranos que pasaba al cuidado de mi abuela… Pero mi primer proyecto “de verdad” fue esa bufanda de color malva…

Es curioso, han pasado doce años y lo recuerdo como si fuera ayer. Dicen que los instantes que se quedan grabados en nuestra retina para siempre, son aquellos que marcan un antes y un después, un punto y aparte. Sin duda eso fue para mi.

Entonces vivía en Vic, una ciudad preciosa situada a 70 quilómetros de Barcelona, estudiando una carrera que no me llenaba. Se suponía que era la carrera de mis sueños, y sacaba buenas notas. Así que el simple hecho de darme cuenta de que quería dejarla me tenía en un sin vivir.

Una tarde muy fría de Enero, después de salir de estudiar de la biblioteca para los exámenes finales, pasé por la librería de camino a casa. Mientras miraba libros sin buscar nada en concreto di con un libro de punto y, sin pensarlo, lo compré. De repente sentí la necesidad de crear algo con las manos y de abrigarme (en Vic hace mucho frío los meses de invierno). Salí de la librería y me metí en una tienda de labores, compré un par de ovillos de lana de saldo y unas agujas rectas.

Y así empezó todo.

Siguiendo las instrucciones de aquel libro (aún no existía YouTube) monté los puntos y empecé mi bufanda de punto bobo sentada en la cama de la habitación que tenía en aquel piso de estudiantes. Ese fue el ritual que seguí al volver a casa por las noches, me sentaba y tejía unas pasadas mientras veía una película o escuchaba música. Hasta que la acabé.

Después de esa bufanda me centré en acabar el curso y no volví a coger las agujas hasta septiembre.

De nuevo en Vic. A punto de empezar las clases, tras pasar el verano en Italia en donde había tenido un accidente de coche que, además de las lesiones físicas (no muy graves pero que requerían de recuperación), me había provocado una gran ansiedad.

Me acordé de la bufanda, de lo bien que me sentía mientras la tricotaba y recuperé la costumbre de tejer un poco cada día.

Y ya no paré.

Por cierto, este es el libro que compré aquel día: Hacer punto de Raffaela Cane, Ed. de Vecchi (actualmente descatalogado).

Mientras escribo esto suena Dog Days Are Over de Florence and the Machine

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